Atila El Azote De Dios

Atila El Azote De Dios

Author:William Dietrich
Language: es
Format: mobi
Tags: Narrativa Historica
ISBN: 849658139X
Publisher: Ediciones B, S.A. ,
Published: 2005-12-31T23:00:00+00:00


Segunda parte

La unión de occidente

Capítulo 15

La vasija de vino

Me encontraba en un lugar oscuro, hacía un calor sofocante, y una especie de duende o íncubo se inclinaba sobre mí, tal vez para devorar mi carne dolorida, o para llevarme a otro lugar todavía más recóndito. El rugido de la muchedumbre se había convertido en un rumor sordo, e Ilana me había traicionado y había desaparecido entre la niebla. Sabía que había cometido un error fatal, irremediable, pero no recordaba cuál. El demonio se acercaba más a mí...

—Por el amor de tu Salvador, ¿piensas pasarte la noche durmiendo? Hay cosas más importantes en juego que tú.

Se trataba de una voz aguda, cáustica, de alguien conocido. Era Zerco.

Parpadeé y una luz blanca inundó mis ojos. El dolor también me invadía, más real y agudo que el que había sentido en sueños. El rumor de los hunos no era más que el silbido de mi oído al presionar la manta, y el error que lamentaba, haber abandonado Constantinopla y enamorarme de una mujer. Intenté incorporarme...

—Aún no —me advirtió el enano, empujándome hacia atrás—. Despierta, sí, pero no te levantes todavía.

Alguien me aplicó algo caliente.

—¡Aaaaaaah! —Sentí un aguijonazo como de avispa. ¡Y yo que tanto había ansiado vivir aventuras!

—Te ayudará a sanar —murmuró la voz de una mujer a la que reconocí, dolorosamente.

—¿Por qué salvaste a Skilla?

—Para salvarnos a los dos. Además, no quiero que ningún hombre muera por mí. Me parece una estupidez.

—No era por ti...

—Calla, chist, descansa.

—¿Qué futuro crees que te habría aguardado si hubieras acabado con la vida del sobrino de Edeco? —añadió Zerco—. Deja que la joven te cure, y así podrás salvar a Roma.

Esperé unos instantes a que pasara una oleada de náuseas y la sensación de mareo que la acompañaba, e intenté concentrarme. La luz, al principio insoportable, se volvió más tenue al acostumbrarse mis ojos a la llama de las velas y el fuego del hogar. Lo cierto era que la estancia se encontraba casi en penumbra. Me hallaba en una cabaña, con el bufón, y la estructura de la cama, de piel, crujía cada vez que me movía en mi colchón de paja. Por el hueco de ventilación de la cabaña intuía un círculo de cielo gris. Un día nublado. Tal vez el atardecer. O el alba.

—¿Qué hora es?

—La hora primera, tres días después de que humillaras al joven gallito —respondió el enano.

—¡Tres días! Me siento sin fuerzas.

—Es que lo estás. Has perdido muchos líquidos: sangre, orina, sudor. Julia, ¿está listo? —En el cuarto había otra mujer, que había visto llevar al enano a hombros—. Aquí tienes. Tómate esto.

El brebaje resultaba demasiado amargo.

—No pares, debes beberlo todo. Dios mío, ¡qué mal paciente eres! Termínatelo y luego te daremos vino y agua. Te sabrán más dulces, pero esto te curará.

Obedecí y bebí, aunque no pude evitar hacer muecas de asco. ¡Tres días! No recordaba nada, sólo que me había desplomado.

—De modo que sigo vivo.

—Al igual que Skilla, y gracias a Ilana. Te odia más que nunca, claro, sobre todo desde que a esta belleza la han autorizado a ocuparse de ti.



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